Federico no debió morir

siqueiros47Basta con que un niño abra fuego contra sus compañeros de aula para que personas que nunca se habían alarmado por la violencia en el país se expresen. De lo más impactante es que la sociedad estalle de histeria cuando un joven, de sexo masculino y de escuela privada, es el protagonista de la nota; el agraviado por la violencia estructural en la que estamos sumergidos. Pero cuando el foco de una noticia, por ejemplo -uno de tantos-, es una nena violada por sus compañeros en una secundaria del Estado, cuesta más trabajo para que el mutismo cotidiano de la sociedad mexicana se pronuncie en nombre de “la pérdida de la infancia y de los buenos valores”.

Es triste, tristísimo, que solo cuando se daña el pedestal del niño varón, clasemediero, futuro productor, defensor y proveedor -si le va bien, futuro emprendedor-, se haga tanta difusión en medios nacionales acerca de la violencia que azota a la niñez; que amerite, por eso mismo, el discurso público de mandatarios en “duelo”. Pero cuando la hija o el hijo del obrero, de la trabajadora doméstica, del campesino o campesina, del/la asalariado/a que apenas hace rendir su sueldo, se ve afectada por el odio, los abusos, la desigualdad y la marginalidad, la noticia se convierte en mero material hemerográfico y el hecho se agrega simplemente a las tantas vergüenzas nacionales, normalizadas de por sí.

¿Qué hubiera dicho el presidente de la inexistente nación mexicana si el niño asesino no hubiera sido de Monterrey, Nuevo León -una de las ciudades más ricas del país-, sino de Chiapas, Guerrero o Oaxaca? ¿Qué hubieran pensado las clases altas y medias-altas si la víctima de la violencia de los adultos, la televisión y el Estado, fuera una niña prostituta de un barrio pobre en Guanajuato, Morelos o Veracruz? Con seguridad, al primero, lo hubieran convertido en producto del movimiento magisterial, incomprendido, por un lado, y corrompido, por otro; el segundo caso, ni figuraría en la prensa oficial porque, en realidad, es tan cotidiano que no vende.

Por ahí en las redes circulaba una publicación en la que se enunciaban las formas de violencia hacia la niñez en nuestro país; desde el trabajo forzado hasta la migración; del acoso a la violación; desde los estándares del macho, hasta el estereotipo de diva. Todas esas y más formas de violencia son causa de una sociedad que define los criterios de éxito, inclusión y dignidad con base en la cantidad de dinero que se posee, el estatus social, el sexo, el color de piel y la escolarización.

El caso de Federico Guevara Elizondo es solo un asunto que pone a temblar a los más favorecidos, a la verdadera minoría; para la clase política, el no pronunciarse públicamente le significa votos en contra. Pero para los menos beneficiados, la mayoría en el país, el caso de Federico es una realidad que se reparte en todas las esferas de su vida. Federico no debió morir. Debió haber vivido para aventar unas balas en el México profundo y obligar a los políticos a mirar el lado oscuro de la luna.

 Alonso Merino Lubetzky

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