Los de arriba, la resistencia y la ciudad

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No les creo. Porque no, por eso. Porque no hay vida en su proyecto. Porque no existe ni un solo resquicio de libertad, ni un solo respiro de esperanza. No les creo porque su plan trae muerte en cada cara que presenta. Porque no les basta con apropiarse de riquezas, bienes, recursos, dinero, trabajo ajeno. No les basta; deben a toda costa apropiarse de nuestras preguntas, despojarlas de sentido, de toda lógica. Como si no entendiéramos lo que se han propuesto y a costa de qué, de quiénes.

No les basta con privarnos de nuestra creatividad para elegir cómo y por qué vivir. Claro que no, pues de eso se sirven para mantenerse a flote. Así es, a flote. Porque ni ellos mismos viven; sólo creen hacerlo, allá en sus congresos, en sus sanlázaros, en sus suites, en sus campos de golf; allá en sus mansiones, no solo físicas, aún más y sobre todo, ideológicas. Desde donde miran hacia atrás sobre el hombro y con desprecio a quienes gritan de coraje y desesperación, a quienes piden no morir.

Allá, en las cúpulas del poder, ya no saben ni de derechas ni de izquierdas, ni de progresismo ni de conservadurismo; allá no tienen vida las leyes ni ningún sentido de justicia, menos aún de culpa. Son todos lo mismo: son un gran banquete que engulle todo cuanto existe y a cualquier costo si, y solo si, les permite hacer más grande su poder, su dominio y su riqueza.

Pero nosotros, nosotras, sí que vivimos. Sí que buscamos salidas, opciones. Torpes, pero dignas. Aunque breves unas, al fin, dignas, pues no han querido más que experimentar durante el tránsito, vigilando cada uno de sus pasos. Esas opciones que son más bien ensayos, son lo que nos queda, no lo que nos han dejado, porque dejado, nada. Necesitamos, pues, olvidar que existen, que siquiera algo pueden aportar, que en algo pueden cambiar.

“Sí cambia, míralo, aquí, allá. Se ve que es bueno, buena. Sí lo intenta. Sí se esfuerza”. Y ya de plano, el cínico: “Roba, pero sí le importa hacer cambios”, “ese otro también roba, pero es la esperanza de México”. “Tu voto cambia a México, tu esfuerzo también”. Como el típico: “Cada quien llega hasta donde quiere”.

No les creo. Porque si hablamos de “periodos de prueba” el suyo ya lo agotaron, y por mucho. No saben cómo, no saben por dónde. ¿Y saben qué? Lo sabemos. Lo vemos, lo sentimos a diario: en los muertos, en los y las desaparecidas, en el hambre, en las enfermedades, en los siete feminicidios diarios, en la estúpida prisa que impone su modelo de vida y que nos hace olvidar las cosas que importan, en el creciente desempleo, en la miseria, en los guetos de ricos y pobres por doquier. Lo oímos cuando escupen promesas, pero nada nunca cambia, nunca.

***

Quiero aprender a resistir, como lo hacen quienes con digna rabia se proponen olvidar a los de arriba para construir otros mundos abajo, subterráneos, donde no sean alcanzados, donde los de arriba ni miran ni entienden. Donde su olfato no penetra. Quiero aprender a que lo que pienso tome forma en palabras, y aún más, que camine esas palabras, es decir, que las ponga en práctica. Quiero que esas ideas provoquen realidades otras hasta ahora no imaginadas. Quiero que mis manos moldeen por sí mismas, sin instrucción, ni requisitos, ni deudas, ni diplomas. Que mi pies transiten por donde se lo propone mi mente, y no solo la mía, sino la mente colectiva, que es la mente de todas, todos.

Quiero aprender a luchar para no dejarme vencer, para que cuando el mal gobierno toque a mi puerta pueda, con lujo de experiencia, desterrarlo por completo. Quiero comer sin su mano, sanar sin su ayuda, aprender por mí mismo en compañía de otras, otros, diferentes a mí; que me muestren sus caminos y sus formas de existencia.

La respuesta está en lo colectivo, pero no en lo colectivo por sí solo. Lo colectivo no es solo lo común o lo nomás así de todos. Lo colectivo es, como dicen los pueblos, lo colectivo-organizado; lo colectivo en resistencia y con digna rabia.

***

Construir nuevas formas de organización de la vida, que avancen sin migajas y a costa solo del trabajo directo y colectivo, autónomo, del aprender constante, del error. ¿Salidas fáciles? Muchas, todas las visibles, todas las que se muestran como el camino al éxito y que solo la mínima porción de la población alcanza. Pero todas ellas implican sujeción, sumisión, súplica y fracaso.

A las y los jóvenes urbanos se nos hace creer que es posible seguir viviendo como lo hacemos. O más bien, que el esquema de vida dominante está bien y que hay que mantenerlo. Que hay que perder años de vida estudiando algo que no se quiere, para luego buscar trabajo en empresas donde tampoco se desea trabajar y que, cada vez más, esos trabajos prometidos son inexistentes. La mayoría de las y los jóvenes termina haciendo algo por completo distinto a lo que se pretendía al emprender sus estudios. Pasan cinco o seis años y se vuelve al inicio: sin estudios útiles ni empleo; sin casa en un vecindario lindo y seguro, sin auto nuevo, sin viajes, sin cenas caras, nada.

Hay un tono burlesco en esta ilusión, que allá arriba en todo tipo de instituciones reproducen hasta al cansancio, pero que no se han percatado de lo que sucede realmente. O si lo hacen, como es costumbre, no les importa; que haya jóvenes que no pueden ejercer las carreras que estudiaron, para las cuales sus padres y madres gastaron miles de pesos, o en las que ellos mismos invirtieron tiempo laboral y su sueldo íntegro para solventarlas.

Ya no se hable de las y los jóvenes para quienes el estudio no es ni siquiera una opción dentro de su resquebrajado proyecto de vida y que son carne de cañón para el crimen organizado y carne obrera para las empresas del 1% acomodado que logra consolidar su soñado complejo industrial, el cual se disputa, además, el mayor pedazo del pastel con el capital transnacional.

Ni hablemos de cuál es el costo de trabajar en los clústers o parques industriales que como un cáncer se han extendido a lo largo y ancho de las ciudades empobreciendo a las colonias periféricas y disparando las tasas de asesinatos, robos, violaciones e inseguridad en general. En pocos años estaremos afuera de esos recintos de muerte y enajenación protestando por un agua libre de químicos, por un aire sin contaminación, por un sueldo digno, por seguridad social, por tiempo de descanso.

Y aun así, estaríamos perdiendo el punto: no depender ni de patrones ni de mandones, pero tampoco de plantas o parques industriales que contaminan nuestra agua, nuestro aire y ocupan tierras donde podría haber más expresiones de vida. Que estas plantas industriales que traigo al tema sirvan de metáfora para todas las formas en las que se expresan la producción y consumo en masa, el trabajo esclavo y la devastación del medio ambiente.

En pocos años, esas empresas que vienen de fuera o que se pactan y construyen en los altos mandos nacionales, echarán raíces en otros lados cuando hayan encontrado mano de obra más barata, impuestos más bajos, menores restricciones, más tierra, más agua y más recursos a su disposición. ¿Y nosotros? Bueno, nosotros, nosotras, nada. Es justo a la costumbre del consumo en masa y del trabajo esclavo en manos de la industria –del tipo que sea–, a la que habrá que resistir con más fuerza y con más determinación.

Tampoco deberíamos creernos el camino suicida y alienante del emprendedor o del microcapitalista, que propone invertir dinero, tiempo y años de vida en hacer crecer un negocio que solo servirá para abrirle mercado a los grandes monopolios, para recaudar impuestos que los de arriba continuarán robando, y que, además, utilizará el trabajo de otros para generar su efímera riqueza. Este sueño es casi común a la gran mayoría de nosotros, nosotras las urbanas, que no podemos ni pensar, como colectividad, en una vida de sobriedad y austeridad, en la que se consuma solo lo necesario y que se promueva la comunalidad como una práctica radical de existencia.

En la ciudad nos falta rabia para rebelarnos ante tales espejismos. Y no por falta de motivos, sino porque la estrategia empujada desde arriba ha sido acertada: entre menos nos miremos para encontrarnos, menos nos miraremos para organizarnos.

Alonso Merino Lubetzky

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